Educar desde la práctica, una apuesta para salvar el Planeta

(Semana Sostenible)Al occidente de Bogotá está ubicada la institución educativa La Palestina. En su Proyecto Educativo Institucional (PEI) le apostaron a la convivencia, pero en el sentido amplio de la palabra. Es decir, incluyeron al medioambiente, así lo afirma su rector José Ángel Bernal. Por esto, no dudaron en aceptar el apoyo de la FAO y poner en marcha un proyecto que además de cuidar su entorno natural, también fortalecía a los estudiantes en hábitos de vida saludable.

La Palestina tiene dos énfasis: biotecnolgía y comunicación. Juntos se complementan y han encontrado el camino perfecto para que la educación ambiental sea una realidad. Las profesoras Martha Cuellar y Diana Milena Mejía lideran estos procesos. Una desde la ciencia y la otra desde los micrófonos involucrando al resto de la comunidad educativa. Como un solo equipo trabajan en la huerta y hacen programas radiales y fotográficos con los que sensibilizan a los estudiantes.

Desde 1975 el mundo conmemora esta fecha. Con la Carta de Belgadro establecieron los Objetivos de la Educación Ambiental. Son 12, y van desde la ayuda en la sensibilización y la comprensión básica del medioambiente, hasta la distinción de las causas que lo alteran, y el reconocimiento de la importancia del impacto que ejercen los diferentes modelos económicos en el ambiente.

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‘La hermosa‘, la huerta de todos

Repollo, lechuga, tomate cherry, caléndula… son solo algunos de los productos que los estudiantes de 9 a 11 grado cultivan en el colegio La Palestina.

Laura está en 11 y no oculta ni por un segundo su emoción al hablar de lo que ha sido este proceso de construcción de su huerta, que comenzó hace un año.

“De la mano de la profe Martha y de la FAO fuimos aprendiendo a realizar compost, lombricultura, semilleros, a oxigenar la tierra. Es muy gratificante cuando uno ve el resultado de su trabajo en la cosecha“, cuenta la estudiante.

En La Palestina, el tomate cherry es el más apetecido. Los niños y jóvenes encuentran su tamaño muy particular. Pero, como cuenta la profesora Martha el ciclo comienza antes. “Dentro de la institución hacemos todo un proceso sostenible. Comienza con los desperdicios que salen en el comedor de los refrigerios y los almuerzos”, afirma.

Eso se convierte en compostaje que pronto va a abonar la tierra en las camas o cajones donde siembran sus productos. Luego viene el momento de la siembra y después la cosecha, donde los estudiantes más grandes ofrecen al resto de la institución lo cultivado. No lo venden, lo comparten. Y ahí vuelve a comenzar todo.

Todo lo que se cultiva es orgánico, pues justo en el énfasis de biotecnología lo que buscan es investigar y aprender a desarrollar soluciones a partir de material orgánico. 

A Cristian le encantan las matemáticas, de hecho espera poder estudiarlas a profundidad cuando termine el colegio. Por esto, de todo este proceso con la huerta lo que más le ha gustado es saber que una buena alimentación depende de los porcentajes de cada uno de los grupos alimenticios.

 

“Cuando empezamos a estudiar más toda relación entre lo que se cultiva, lo que se come, lo que se desperdicia, nos dimos cuenta que, por ejemplo, nosotros botábamos muchísima comida durante los refrigerios y el almuerzo. Creo que ese fue el primer click“, dice Cristian.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud Escolar (Ense), nueve de cada diez escolares  entre 13 y 17 años no consumen frutas y verduras en las cantidades recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), y según la FAO, hoy en día 815 millones de personas padecen hambre, lo que significa que regularmente no consumen el nivel mínimo de energía alimentaria necesaria para mantener un estilo de vida activo. Pero la malnutrición es más que el hambre calórica y la delgadez; incluye deficiencias de micronutrientes y sobrepeso y obesidad. Las dietas deficientes están relacionadas con una serie de problemas de salud y pueden perpetuar la pobreza y obstaculizar el desarrollo económico.

Esta información la conocieron los estudintes de La Palestina, por eso poco a poco fueron aprendiendo a comer verduras, a dejar de lado sus celulares para volver a jugar fútbol o correr durante los descansos. Entendieron que no solo estaba bien cultivar su huerta, sino que debían, por su salud, también tener mejores hábitos.

La palabra, la gran alidada del proceso

Leidy Vanegas llegó hace un año a La Palestina. Afirma que tenía otra mentalidad, mucho más cerrada. Hasta ese momento pensaba que todos los colegios eran iguales: clases, clases y más clases tradicionales.

Pero, aquí empezó a descubrir otro mundo. Ella hace parte del énfasis en comunicaciones, por tanto está enfocada en fortalecer sus habilidades de expresión oral y corporal, así como también de buscar que canales como la radio apoyen lo que sus compañeros de biotecnología hacen.

“De la mano de la profe Diana hacemos los guiones de los programas de radio, cuñas, todo lo que se nos ocurre para que durante los descansos, mientras todos están en las áreas verdes escuchen mensajes que los lleven a valorar más la huerta, a cuidarla, a no botar la basura por ahí, y menos a desperdiciar la comida”, cuenta Leidy.

Para la profe Diana, este énfasis complementa muy bien el trabajo hecho por el resto de jóvenes del colegio. Pero, sobre todo, les da herramientas para la vida.

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